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«El Parnaso»

 

Publicado en «El puntero de don Honorato, el bolso de doña Purita y otros relatos para andar por clase». Facep, Almería, 252 págs. Segunda Edición. Grupo Comunicar. Huelva. 1998.

Los dibujos son de Pablo Martínez-Salanova Peralta

© Enrique Martínez-Salanova Sánchez


El puntero de don Honorato/Bibliografía/Lecturas de cine/Glosario de cine


 

 

 

«El Parnaso»


 

Un día, Doña Purita llegó al aula con la esplendorosa idea de hacer una revista. Lo había leído, para bien o para mal, en una publicación dedicada al perfeccionamiento del profesorado y le pareció de perlas que nosotros, tan necesitados de métodos modernos, la lleváramos a la práctica y así, por lo menos una vez en la vida, nos ilusionáramos por aprender algo. 

Según el artículo leído por Doña Purita, para realizar una revista en el aula con fines educativos, lo esencial era que los mismos alumnos, con toda la libertad posible, la hicieran ellos solos. Era, según la publicación, lo más importante de todo, ya que agilizaba la creatividad, obligaba a trabajar a los que como nosotros éramos vagos a natura y además se aprendía muchísimo a hacer revistas. 

Dicho y hecho. Para cumplir a rajatabla las pautas indicadas, Doña Purita empezó ella misma por decidir los trabajos para los que estábamos capacitados cada cual, según sus propias actitudes y gustos (los de Doña Purita). De esta guisa, a Gutiérrez le tocó reseñar la semana de fiestas, «a ver si por fin se entera de algo», y a Mariloli y Manolín hacer una entrevista al director, «a ver si se les pega una parte de su sabiduría»; Ricardito se encargaría de los anuncios, porque era un entrometido, y así todos los demás. Noticias, reportajes, chistes, dibujos, a cada cual lo suyo. 

Nunca habíamos visto a doña Purita tan radiante de felicidad. La revista la publicitó ella misma en la sala de profesores con todo el entusiasmo del que era capaz: «Estamos haciendo una revista que va a renovar los métodos pedagógicos en este colegio, y lo que es más importante, los alumnos se lo han tomado por primera vez en serio, y con una gran dosis de entusiasmo».

 Qué lejos estaba ese día Doña Purita de atisbar ni siquiera de lejos los aciagos días que le depararía su mala estrella por haberse metido en la ardua empresa de realizar una revista con gente como nosotros. 

Llegó el día en el que todos los esfuerzos, en forma de redacciones, noticias, anuncios, entretenimientos, dibujos y lo que a cada uno se le ocurriera, debían ser presentados ante la mesa de Doña Purita, que como redactora jefe se había constituido en único juez y árbitro para decidir lo que se publicaba o no se publicaba. 

En primer lugar se estableció el turno de aportaciones sobre el título o nombre que debería llevar la  revista, que según la publicación pedagógica era conveniente que eligieran los mismos alumnos. Esto resultaba de vital importancia para poder continuar adelante en su elaboración. 

Participando cívica y responsablemente, cada uno fue exponiendo sus nombres preferidos. Ahí empezaron los problemas para Doña Purita, que estuvo al borde del ataque de histeria cuando oyó que para una revista de carácter literario de altura alguien osara proponer nombres como el de El menudillo de pollo, o el de Más da una piedra, o Los Tritones de Doña Purita, Las tres haches (La Hodisea, La Hilíada y la Heneida), El Puntero, El esterno-cleido-mastoideo, etc. que componían una interminable lista que hizo temer a Doña Purita por el buen nombre y la mejor fama de su todavía inédita revista. 

Y es que a los alumnos de entonces cuando nos dejaban pensar pensábamos por demás, según la maestra. La solución tuvo que darla la misma Doña Purita, que cortó por lo sano «... y como parece difícil ponerse de acuerdo, la revista se llamará El Parnaso, un nombre que además de muy original, le va de maravilla a una revista culta y literaria de la categoría y distinción que todos pretendemos».

 Aquella noche, en la tranquilidad de la mesa de camilla de su casa, Doña Purita comenzó la lectura de los trabajos realizados con toda ilusión por sus alumnos para ser publicados en la revista. 

La maestra se encontraba realmente satisfecha por el resultado de los acontecimientos de la mañana, y  por lo bien que los alumnos habían encajado el nombre propuesto por ella, (salvo Maripili, ¡quién iba a ser!, que había apostillado mediante un pareado lo de «Oh, oh, El Parnaso, ¡que atraso!»). De pronto, y sin que mediara nada importante, sin saber porqué, sin datos objetivos que lo demostraran, más bien por tufo, por intuición femenina tal vez, o porque no se fiaba de nosotros ni un pelo, o porque siempre se temió lo peor, o vaya usted a saber porqué, de pronto, repito, Doña Purita tuvo el pálpito de que el haberse metido en la redacción de una revista podía acabar en un buen lío. 

Y es que la entrevista con el director, que habían hecho Mariloli y Manolín, estaba pasable, por qué no decirlo, pero hubo que meterle tijera porque no era posible que el director, el señor director hubiera afirmado que «aún quedan algunos maestros que no tratan bien a sus alumnos y rodarán cabezas por doquier debido a ello...»; o lo que se decía del profesor de gimnasia, al que en un artículo sobre actividades diversas realizado por Rosarito y otros se decía de él que era algo así como «tío bueno, macizo y cachetón...» a lo que Doña Purita creyó oportuno igualmente meter tijera; o lo de la «Oda al Puntero», de autor anónimo, bastante bien realizada literaria y métricamente por cierto, pero a la que Doña Purita no tuvo más remedio que censurar en su integridad porque ponía en tela de juicio los métodos didácticos de Don Honorato. 

Al finalizar la sesión de lectura, la revista había sufrido una merma de más o menos el setenta y ocho y medio por ciento de lo realizado por nosotros. Menos mal que Doña Purita se había adjudicado ella misma una buena parte de los textos para salvar la dignidad ante el resto de los maestros y dar una mayor seriedad, contenido y profundidad a la publicación. 

El Parnaso, Revista Literaria fue, por fin, publicada y se distribuyó por todo el ámbito escolar, quedando el colegio entero satisfecho con La Gaceta de Doña Pureta, como se la apodaba en camarillas clandestinas. Doña Purita no llegó a enterarse del apodo rimado de su publicación, y seguramente tampoco le hubiera importado demasiado pues era ella y nadie más la protagonista indiscutible del feliz acontecimiento, y a ella sola llegaban todas las felicitaciones. 

Y también los sinsabores a los que ya habíamos hecho alusión. Y es que al cabo de muy pocos días de la presentación, reparto y difusión de El Parnaso, Revista Literaria, una llamada directa de Don Sergio, el Inspector Jefe, a Doña Purita, cambió la alegría en sinsabor, la miel del triunfo en acíbar de sufrimiento y derrota: «...Sí Don Sergio, claro Don Sergio, no sabía, Don Sergio, Usted descuide, Don Sergio..., Perdón, Don Sergio, Intentaré remediarlo, Don Sergio».  Doña Purita acabó la conversación telefónica entre ella y el Inspector Jefe con la palidez cadavérica que confiere el rigor mortis.

No era para menos. Doña Purita no sabía, o no se acordó en su momento, o no se le pasó por las mientes, o sencillamente no le dio importancia a que Don Sergio, El Inspector Jefe, desde su juventud, por su afición a las artes literarias, a la lectura de rimas, odas, leyendas, epopeyas, églogas y poemas de toda suerte, era apodado por amigos y enemigos, con el simpático apodo de Don Parnasillo. Y a Don Sergio no le hacía ni pizca de gracia el mote, y siempre se lo tomaba como una ofensa personal.

© Enrique Martínez-Salanova Sán    n bn chez